viernes, 30 de enero de 2015

Escritor dominicano José Acosta gana prestigioso Premio Casa de las Américas 2015




NUEVA YORK- El escritor dominicano José Acosta ganó el prestigioso Premio Casa de las Américas 2015, en la categoría de Literatura Latinoamericana en los Estados Unidos, con la novela Un kilómetro de mar.

El jurado integrado por Aileen El-Kadi, de Brasil; José A. Mazzotti, de Perú; y Margarita Mateo, de Cuba, después de haber dado lectura y discutido los libros presentados, acordó otorgar el Premio Casa de las Américas a la obra de José Acosta, “por constituir una impecable narración sobre los avatares de dos adolescentes en los años 60 en República Dominicana, sin dejar de incluir a un personaje desencantado de su vida en Norteamérica, la influencia de los cómics sobre vaqueros en la cultura popular y una mirada actualizada sobre los últimos años de la dictadura trujillista, combinados en un relato ágil, con un manejo del lenguaje que en numerosos momentos llega a ser poético”.

Escritores de Colombia, Cuba, Brasil, República Dominicana, Argentina, Chile y México acapararon los principales premios del 56 Concurso Literario "Casa de las Américas" 2015 en el fallo anunciado por el jurado en La Habana.

Desde su creación en 1959, el Premio que convoca la institución cultural cubana "Casa de las Américas" ha reunido miles de obras de autores del continente y más de un centenar han resultado galardonadas, de acuerdo con datos de sus promotores.

La editorial  Artepoetica Press, con sede en Nueva York, publicó en 2014 Un kilómetro de mar, la nueva novela del laureado escritor dominicano José Acosta, en lanzamiento enfocado en todo el ámbito de la lengua castellana.

Un kilómetro de mar es una historia de autodescubrimiento e imaginación narrada con un tono vibrante y excitante”, expresó el editor de la obra, el escritor y catedrático colombiano Carlos Aguasaco. “José Acosta es un escritor dominicano que reside en Nueva York y representa lo mejor de la literatura caribeña”, indicó.

La novela puede ser adquirida a través de http://www.artepoetica.com o www.amazon.com

El comisionado dominicano de Cultura en los EE.UU., Lic. Carlos Sánchez, felicitó a José Acosta por su importante premio.

“Para nosotros, el Comisionado Dominicano de Cultura, es un orgullo que uno de los miembros de esta institución haya obtenido un premio Casa de las Américas, una de las instituciones culturales más prestigiosas a nivel mundial”, dijo Sánchez. “José Acosta se ha ganado un espacio en el mundo de las letras a nivel internacional, en los géneros de Poesía, Cuento y Novela, en los que ha ganado importantes galardones”, señaló.

El reconocimiento le llega en momentos en que la editorial Techo de Papel, con sede en Nueva York, está publicando las obras completas de José Acosta, algunas de las cuales ya pueden adquirirse en Amazon.com, entre ellas Catequesis del íncubo, Accésit Premio Internacional de Poesía Casa de Teatro; El efecto dominó, Premio Nacional de Cuento Universidad Central de Este; El enigma del anticuario, cuentos; Destrucciones, Premio Internacional de Poesía “Odón Betanzos Palacios” de Nueva York; Territorios Extraños, Premio Nacional de Poesía de la República Dominicana, y El evangelio según la muerte, Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén”, de México.

Un kilómetro del mar cuenta la historia de Juan Robles, un joven preadolescente de una imaginación y valentía extraordinarias, que aprovecha la ausencia de su madre para acompañar a su amigo Edy Polanco a conocer el mar. Agobiado desde la niñez por el trauma psicológico que le causó haber sido testigo de la confusa muerte de su padre, asediado por la sed de venganza, Juan Robles elude la realidad y se cobija en un universo recreado a partir de las novelas western.

“El enrevesado y apasionante viaje hacia la cima de la montaña es, a su vez, paradójicamente, un descenso hacia el interior de sí mismo, un atajo hacia la adolescencia, donde Juan Robles, gracias a la sapiencia de don Anselmo, al encuentro erótico con la puta Aurelión y a los consejos y el trato fortuito que tuvo con el contradictorio y cínico ingeniero Chicho Moronta, finalmente logra vencer el miedo y se enfrenta cara a cara al monstruo existencial que lo atosiga”, dijo el escritor Rubén Sánchez Féliz. “Con una prosa ágil, limpia, de indiscutible belleza poética y cargada de humor, Acosta consigue reconciliar la ternura y la violencia, en un Santiago de los Caballeros que se erige como un personaje más, rescatando las costumbres de un tiempo que marcó la vida de toda una generación: el triunvirato y el balaguerato”, señaló.

Por su parte, sobre Un kilómetro de mar, el escritor Osiris Vallejo, dijo: “Los adolescentes Edy Polanco y Juan Robles, un buen día, deciden aventurarse hacia las montañas para ver si del otro lado dan con el mar y así empieza una travesía que los llevará, más que al mar, a la comprensión de que cada paso más allá del vecindario en que nacieron es penetrar a un mundo desconocido e inestable donde el absurdo es la única certidumbre”.

José Acosta es poeta, narrador y comunicador social. Ha ganado en cuatro ocasiones el Premio Nacional de Literatura de la República Dominicana, el más importante del país. En 1994 su poemario Territorios extraños recibió el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña y en 1997 obtuvo el Premio Internacional de Poesía Odón Betanzos Palacios de Nueva York con la obra Destrucciones. Entre sus galardones figuran también una mención de honor en el Cuarto Concurso Internacional de Poesía “La Porte des Poètes”, en París (1994), otra en la Bienal Latinoamericana de Literatura “José Rafael Pocaterra” celebrada en Valencia, Venezuela (1998). Su poemario El evangelio según la Muerte obtuvo en 2003 el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén”, de México, y ese mismo año otro poemario suyo quedó finalista del Premio Internacional de Poesía “Miguel de Cervantes”, de Armilla, en España.

Como narrador ha recibido numerosos premios, entre ellos el Premio Nacional de Cuento Universidad Central del Este (2000), con El efecto dominó; el Premio Nacional de Novela (2005), con Perdidos en Babilonia y el Premio Nacional de Cuento (2005), con Los derrotados huyen a París. En 2010, una novela suya estuvo entre las 10 finalistas del XV Premio Fernando Lara de Novela, de la editorial Planeta. En 2011, fue finalista del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, de Francia, y ese mismo año volvió a ganar el Premio Nacional de Novela con La multitud.



miércoles, 28 de enero de 2015

Editorial Techo de Papel publica obra premiada de José Acosta

NUEVA YORK- La editorial Techo de Papel, con sede en la ciudad de Nueva York, acaba de publicar la segunda edición de la obra Catequesis del íncubo, Accésit Premio Internacional de Poesía Casa de Teatro, del escritor dominicano José Acosta.

Catequesis del íncubo es un poemario de extraordinaria fuerza lírica, profundo y humano, en el que José Acosta logra contraponer el bien y el mal para sacar de ello un rayo de luz abarcador, visual y sonoro”, dijeron los editores.

Catequesis del íncubo ya está disponible en Amazon.com


En el año 2000, ocurrió un hecho sin precedentes en la historia del Premio Internacional de Poesía Casa de Teatro, de la República Dominicana: José Acosta participó con tres poemarios con tres diferentes seudónimos (las bases lo permiten) y ganó con ellos tres Accésit Premios de Poesía, con los poemarios Catequesis del íncubo, En el futuro llueve, y con La Tercera Avenida me odia.

En esa ocasión, Freddy Ginebra, director de Casa de Teatro, comentó: “No me explico cómo puede concentrarse tanto talento en una sola persona”, y felicitó a José Acosta por sus logros.

La editorial Techo de Papel está publicando las obras completas de José Acosta, quien ha ganado en cuatro ocasiones el Premio Nacional de Literatura de la República Dominicana, en los renglones de Poesía, Cuento y dos veces en Novela.

Además de Catequesis del íncubo, Techo de Papel editores ha publicado las siguientes obras de José Acosta, que pueden adquirirse en www.amazon.com:

El efecto dominó, Premio Nacional de Cuento Universidad Central de Este.


Destrucciones, Premio Internacional de Poesía “Odón Betanzos Palacios”, de Nueva York.

Territorios Extraños, Premio Nacional de Poesía de la República Dominicana.

El evangelio según la muerte, Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén”, de México.

Y próximamente la novela La Multitud, ganadora del Premio Nacional de Novela de la República Dominicana.

Así empieza el poemario Catequesis del íncubo:

I

El universo resuena como llovizna
sobre el agua,
imperceptible como el susurro de un árbol al crecer.
Estamos encerrados en una dimensión oscura;
la noche es la sombra de una pared lejana;
Dios vive del otro lado.
No te has preguntado ¿a quién le ladran
los perros?
¿Qué ven que tú no puedes descubrir con tu linterna?
Es al sonido de la eternidad,
al espacio que tú sólo conoces en sueños
y crees irreal.
Es a él mismo a quien el perro le ladra,
al ladrido que rebota al colisionar con la noche
y regresa irreconocible.
Es a ti a quien le ladran los perros,
a tu presencia que por tus pensamientos se desborda
llenando la Tierra de murmullos.


José Acosta es poeta, narrador y comunicador social. Ha ganado en cuatro ocasiones el Premio Nacional de Literatura de la República Dominicana, el más importante del país. En 1994 su poemario Territorios extraños recibió el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña y en 1997 obtuvo el Premio Internacional de Poesía Odón Betanzos Palacios de Nueva York con la obra Destrucciones. Entre sus galardones figuran también una mención de honor en el Cuarto Concurso Internacional de Poesía “La Porte des Poètes”, en París (1994), otra en la Bienal Latinoamericana de Literatura “José Rafael Pocaterra” celebrada en Valencia, Venezuela (1998).

Como narrador ha recibido numerosos premios, entre ellos el Premio Nacional de Cuento Universidad Central del Este (2000), con El efecto dominó; el Premio Nacional de Novela (2005), con Perdidos en Babilonia y el Premio Nacional de Cuento (2005), con Los derrotados huyen a París. Su poemario El evangelio según la Muerte obtuvo en 2003 el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén”, de México, y ese mismo año otro poemario suyo quedó finalista del Premio Internacional de Poesía “Miguel de Cervantes”, de Armilla, en España.

En 2010, una novela suya estuvo entre las 10 finalistas del XV Premio Fernando Lara de Novela, de la editorial Planeta. En 2011, fue finalista del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, de Francia, y ese mismo año volvió a ganar el Premio Nacional de Novela con La Multitud.



viernes, 12 de diciembre de 2014

Poemario ganador del Premio Nacional ya está en Amazon.com



Poemario ganador del Premio Nacional ya está en Amazon.com

En el 20 aniversario de su publicación, el poemario Territorios extraños, con el que el escritor dominicano José Acosta ganó el Premio Nacional de Poesía de la República Dominicana, está a la venta en Amazon.com

$1.99 en versión digital Kindle

$6.65 en papel.

Para adquirir una copia, visite Amazon.com


domingo, 18 de noviembre de 2012

Festival de Cultura Caribeño, Cancún, Quitana Roo, México 2012


Encuentro de escritores del Caribe del Festival de Cultura celebrado en Cancún, Quintana Roo, México, en noviembre de 2012. Participaron los escritores José Acosta (República Dominicana), Waldo Leyva, Margarita Sánchez Gallinal, Alberto Peraza y Agustín Labrada (Cuba), Javier Alvarado (Panamá), Víctor León Leitón (Costa Rica), Patricia Toledo y Edilberto Borjas (Honduras), Yahir Yesid Contreras (Colombia), Lauri García Dueñas (El Salvador) Meztly Suarez, Miguel Ángel Manjarrez, Mauro Israel y Barea Garabito (Quintana Roo), entre otros.












































lunes, 10 de octubre de 2011

El hombre de los binoculares


Todo comenzó como un juego. Cristal, que no soportaba la penumbra, había descorrido las cortinas de los ventanales, el resplandor solar me había puesto todo blanco, y cuando, frunciendo el ceño, ante mis ojos deslumbrados la estancia empezó a delinearse, la hallé completamente desnuda, la ropa hecha un ovillo a sus pies, y le dije que si no temía que alguien la estuviera observando.

―Sólo me verá la ciudad, Álvaro ―me respondió con sorna, poniendo los brazos en cruz como queriendo abarcar las hileras de elevados edificios que se abrían a lo largo y ancho de esa zona de Santo Domingo donde estaba nuestro hotel.

―Sí ―repuse―, pero en esa ciudad hay edificios, y en esos edificios ventanas, ¡muchas ventanas!, y vaya usted a saber, jovencita, si en este preciso instante hay un tipo apuntando hacia acá con unos binoculares.

El hombre de los binoculares ―dijo Cristal imitando el tono lúgubre de los anuncios de películas de horror. Me paré del sillón donde revisaba unos documentos en la computadora, tomé el edredón de la cama y traté de cubrirla, pero ella se me escapó y se puso a saltar como una cabrita por el cuarto, señalando con el dedo hacia la ciudad, vociferando con risotadas discordantes que allá, en aquel balcón lleno de maceteros de flores, alcanzaba a ver al hombre de los binoculares.

―Y al verte a ti vestido con traje y corbata ―continuó ella irónica―, de espaldas a esta hermosura ―acotó señalándose el sexo―, ¿sabes qué estará pensando el hombre de los binoculares?

No la dejé terminar. Me desvestí con premura, casi con violencia, impulsado por esa pasión con que, desde hacía semanas, Cristal había resucitado mi vida sexual. Yo tenía cincuenta y dos años y ella veintiocho; entre su edad y la mía se levantaba ese muro extraño y no menos interesante que separa a los que ya terminaron de vivir de los que empiezan su incursión en los vericuetos del mundo.

La conocí un domingo en el Parque Central. Ese día, debajo de la sudadera, me había puesto una camiseta marrón con una herradura estampada en el pecho, y, como tenía por costumbre, tomé un ligero desayuno en compañía de mi esposa Leticia y mi pequeña hija en la cocina, agarré un libro de bolsillo de mi biblioteca y salí. Caminé unos cinco minutos hasta Columbus Circle, y seguí mi ruta habitual trotando por los senderos arbolados del parque. Encontré a la chica corriendo por una pendiente empinada, y cuando la pasé ella me miró con viva extrañeza, me persiguió y corrimos muy cerca, sin dirigirnos la palabra, hasta una plaza soleada presidida por una estatua ecuestre. Me senté en un banco, tomé el libro y me puse a leer. Casi enseguida escuché una carcajada. La muchacha se paró delante de mí, su sombra me cubrió como una sombrilla; era tan alta como yo, de piernas poderosas y brazos largos y delicados. Su rostro tenía el temple de las cantantes de ópera, un temple balanceado por unos ojos tristes y una boca triunfante.

―Algo quiere decirnos la Providencia ―me dijo.

―¿Por qué lo dice? ―me asombré.

―Por las coincidencias ―se alegró ella. La miré con un gesto de incomprensión. La muchacha señaló, entonces, su camiseta. Era, al igual que la mía, marrón con el estampado de una herradura.

―Vaya ―dije fingiendo una expresión de asombro. La chica se volvió a reír, dejó de cubrirme con su sombra y se sentó a mi lado.

―¿Y ya te fijaste en lo que estamos leyendo?

Los dos llevábamos la novela Una cuestión personal, de Kezamburo Oé.

La chica se presentó, cruzó las piernas, y charlamos. Ella acababa de terminar la carrera de Negocios y, según sus propias palabras, antes de apuntarse como esclava en el sistema laboral, se estaba regalando unas vacaciones. Cerca del mediodía, la invité a comer. Ella rehusó diciendo que tenía todo dispuesto en su cocina para prepararse un estofado de camarones, y sin siquiera esperar a que aceptara su invitación, me tomó de una mano como a un niño y me ordenó que la acompañara. Bajamos, charlando, hasta el SoHo. La conversación era amena, matizada por los estallidos de risa de Cristal y mis graves acotaciones. La muchacha, en algunos tramos de la acera, me tomaba la mano y entrecruzaba sus dedos con los míos; yo la contemplaba, entre asustado y nervioso; en mis veinte años de matrimonio con Leticia, era la primera vez que salía con una chica. En varias ocasiones, arrepentido, estuve a punto de devolverme; pero ella parecía darse cuenta y me atraía hacia su cuerpo como una bufanda.

Llegamos a su apartamento, una estancia no más grande que el recibidor de mi casa, limpia como un pañuelo y más iluminada que un campo de béisbol; en las ventanas no colgaban cortinas y no se veía un rincón donde no fulgurara una lámpara.

―¿No temes que se te olvide la oscuridad? ―le comenté, deslumbrado.

―No ―respondió―; los párpados siempre sabrán recordármela.

Me indicó una silla; me senté. Cristal entró al aposento, separado de la salita-cocina por un anaquel atiborrado de libros, escuché los goznes de una puerta, un silencio prolongado, y poco después ella se presentó vestida con una bata de un azul desvaído y el pelo recogido en un moño a un lado de la cabeza. No sé por qué, mientras la veía de espaldas pelar patatas, cortar pimientos, lavar verduras... como una sucesión de relámpagos, cruzó mi vida entera delante de mí; me acordé de mi infancia, de mi madre, de mis años con Leticia, de mi pequeña hija. Sentí que hasta ese momento había estado parado en medio de una tormenta y ahora daba los primeros pasos para buscar refugio. Y esa sensación se intensificó cuando, después de comer, Cristal y yo nos fuimos a la cama.

―Me siento como en otra dimensión ―le dije en un éxtasis de placer.

―Y lo estás ―me contestó ella, cerrándome la boca con un beso.

Cuando regresé a casa, me dio la impresión de que entraba a un lugar equivocado, desconocido, falso; que una parte de mí, esa parte exuberante y bullente que creía haber abandonado en la juventud, regresaba y se me imponía, me obligaba a mirar a mi alrededor con otros ojos. Leticia y yo éramos un matrimonio viejo, y cuando ya nos habíamos resignado a continuar nuestras vidas compartiendo nuestra soledad, llegó la niña y con ella se perdió la pasión que nos había unido hasta entonces. Leticia había heredado la fortuna de su padre, que consistía en una importadora de textiles, y yo me encargaba de administrarla. Y aquel día que llegué a casa, por primera vez me di cuenta que Leticia y yo nos habíamos acostumbrado a vivir juntos pero ignorándonos, como dos fantasmas que comparten una misma vivienda pero en siglos diferentes.

Y después del viaje a Santo Domingo, a la pasión del sexo entre Cristal y yo, a ese mundo mágico que levantábamos entre su cama acogedora y su cocina, entre su colección de música y sus libros, se agregó la comicidad del hombre de los binoculares.

El tipo salía a relucir en el momento menos esperado.

Una tarde (ya llevábamos tres meses saliendo), caminando por una calle del SoHo, tomé de un jardín maltrecho una ramita seca de un rosal (tenía la costumbre de caminar con una ramita en la mano, y le había comentado que era por falta de seguridad), y ella, al darse cuenta, se enojó.

―¿Prefieres agarrarte de esa cosa que de mi mano? ―me regañó―. ¡Caramba, Álvaro! ¡Qué estará diciendo de ti el hombre de los binoculares!

En el cuarto mes de relación viajamos a Madrid, donde tenía que firmar unos contratos, y cuando a la hora de irnos a la cama vio que me ponía el pijama, estalló en una risa incontrolable.

―¡Pobre hombre de los binoculares! ―decía―. ¡Cómo estará sufriendo!

Con los meses, la chica y yo habíamos llegado a un punto que no podíamos pasar un día sin vernos, sin hablarnos, sin enviarnos mensajes telefónicos.

Lo que más me sorprendía era que en casa, Leticia parecía no darse cuenta de nada. Nunca hubo un reclamo, un reproche. En verdad vivimos en planetas diferentes, me decía por lo bajo, cuando llegaba y me sentía el olor de Cristal en el cuello, en la yema de los dedos, en el bigote.

Me había ilusionado en creer que la magia duraría toda la vida, que Cristal siempre estaría cerca de mí dándole sentido a mi existencia. Sin embargo, pasado un año, la muchacha decidió empezar a trabajar. Consiguió una buena oferta en Washington D.C., hizo las maletas y se marchó. Intenté retenerla de mil formas, hasta le ofrecí una colocación en la importadora.

―El círculo en donde hemos estado, aunque hermoso, nunca pasará de ser un círculo ―me dijo camino a la estación―. Tú tienes tu vida, amas más que a ti mismo a tu hija, y no voy a ser yo quien te aleje de ella.

―Pero Cristal, al menos permíteme ir a verte ―le dije―; no me cierres esa puerta.

―No, Álvaro ―se echó a llorar―. Ha llegado la hora de que salga a buscar mi futuro.

La dejé ir. Llegué a casa, me encerré en mi estudio y me dejé caer en el sillón. Me pasé la noche lamentándome, presa de angustia, hasta comprender que ella tenía razón. Yo era un viejo, encerrado a cal y canto en la cárcel de mi familia, había abierto los ojos y había visto lo que era el amor, el verdadero amor, y ahora debía cerrarlos, volver a no ver, a fingir.

Una semana después de Cristal marcharse, revisando mi correo en la oficina, encontré un extraño sobre amarillo con una tarjetita: “Roger Santander, Detective Privado”. No tenía teléfono ni dirección. En el reverso se leía: “Si no desea que su esposa se entere, lleve esta suma en efectivo a esta dirección”. Dentro del sobre, el tal Santander me enviaba una foto borrosa, que reconocí de inmediato como el trasero de Cristal, visto a través de una ventana.

Me alarmé. De pronto supe que Leticia no estaba en la inopia, que ella siempre había sospechado mi infidelidad y había pagado los servicios de un detective para que me siguiera. Ahora, colegí, Santander quiere jugar a quién paga más. Esta deducción, en cierto modo, me tranquilizó. Salí a la calle bajo la sospecha de que mis teléfonos estaban intervenidos, y llamé a Cristal. La chica se rió.

―Álvaro ―me dijo divertida―, ¿no te has dado cuenta de lo que acaba de suceder? Ese Santander es el hombre de los binoculares.

Le colgué, indignado. La cita con el detective era en un bar de mala muerte en el sur de El Bronx. Llegué una hora antes para calibrar el ambiente. Pedí un whisky y me senté, primero, en la barra, y luego en una mesa oculta en un rincón. En el aire reinaba un olor agrio a tabaco y una vellonera sonaba boleros antiguos. Pasados unos minutos de la hora de la cita, me puse nervioso. O Santander era impuntual, o en un arrebato de honestidad el detective había preferido apegarse al profesionalismo y acudir a su contratante. Cuando los minutos se volvieron horas y el tipo no llegaba, tomé mi maletín y regresé a casa con la certeza de que ya mi suerte estaba echada. Abrí la puerta con viva ansiedad y, contrario a lo imaginado, encontré a Leticia como siempre sentada apaciblemente en su eterno sillón, frente a la televisión encendida en uno de esos programas espantosos que la entretenían.

Durante los días siguientes, el correo se tornó en un enemigo, me mantenía en un constante estado de desasosiego. Cada vez que llegaba a la oficina y mi secretaria depositaba en el escritorio la correspondencia, era como poner a prueba mis nervios, mi capacidad de resistencia. Pasó un mes y no tuve noticias de Santander. Pasó otro mes y nada del detective, ni una carta, ni un anónimo, ni una llamada. A los cuatro meses ya me parecía que todo aquello era una pesadilla, una pesadilla que la foto del trasero de Cristal transfería irremisiblemente al terreno de la realidad.

Leticia murió al año siguiente de una apoplejía, producida por una embolia cerebral. Su muerte, en cierto modo, volvió a unirnos, o más bien a reunirnos; la mujer dulce, silenciosa, que rondaba la casa en chanclos de lana, la mujer de la que yo me había enamorado hacía más de dos décadas, reapareció de pronto en su rostro muerto, en su perfecto mutismo. Llamé a Cristal para informarle de mi nueva situación. Ya libre, abrigaba la esperanza de que regresáramos. No la hallé. Luego supe que había dejado el empleo y se había marchado del país. Nadie conocía hacia dónde. La noticia me derrumbó; durante esos días envejecí todo lo que me faltaba por envejecer; me la pasé caminando de un rincón a otro de la casa, pensando en Cristal, en mi Cristal, en la chica que me había resucitado. Hasta conseguí alquilar su pieza en el SoHo, e iba y me pasaba tardes enteras mirando las paredes, los rincones, armando con la memoria el lugar mágico, puro, donde había sido realmente feliz.

Cerca de dos años después, reapareció el hombre de los binoculares. Esta vez, junto con la misma tarjetita sin teléfono ni dirección, algo amarillenta, envió una foto de Cristal asomada a una ventana, pechos al aire, inexpresiva, reconcentrada, como si contemplara la ciudad con melancolía. En un opaco segundo plano, se vislumbraba la silueta de un viejo en pijama. Me reí; Santander, deduje, desconocía mis nuevas circunstancias y por ello se atrevía a extorsionarme. Cuando me disponía a romper la tarjetita, de repente me asaltó una mezcla de alegría y desconcierto; el detective, pensé, era el único vínculo que me quedaba con Cristal, y en su poder estaban las fotos, no de la Cristal que se había marchado a Washington, sino de la Cristal mía, de la que gemía y se estremecía bajo mi cuerpo, de la muchacha que me devolvió durante un tiempo la vida.

Corrí a la cita. Esta vez el detective había escogido un parquecito mugriento en Brooklyn. Fue puntual. Con aire huraño y visiblemente nervioso, el rostro deformado en un gesto de duda, de temor, se presentó ante mí la figura escuálida de un hombre maltrecho, sufrido. Se apoyaba con dificultad en dos muletas, que casi salen disparadas cuando se dejó caer en el banco, a mi lado.

―¿Trajo el dinero? ―me abordó de inmediato.

―¿Trajo las fotos? ―repliqué ansioso. De un macuto de tela que llevaba colgado al hombro, extrajo un sobre abultado. Lo tomé como si tomara mi alma y le pasé el dinero. El detective ni siquiera lo contó. Recogí las muletas y lo ayudé a ponerse en pie.

―Hace unos años... ―le dije, y Santander me interrumpió.

―Sí ―confesó―, falté a la cita. El día anterior me pegaron un tiro; estuve en estado de coma.

Le dije que lo sentía y lo observé con pena y a la vez con nostalgia alejarse por la acera con paso renqueante. En mi memoria se presentó el rostro risueño de Cristal, de la chica desnuda apoyada contra un ventanal, diciéndome, como aquella vez en Santo Domingo:

―Mira, Álvaro, en ese balcón lleno de maceteros de flores, alcanzo a ver al hombre de los binoculares.

Agarré el paquete de fotos y me marché a casa, con el aire cansado de los que ya le perdieron el sentido a la vida.



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Ediciones Parada Creativa

Colección Libro Súbito

Barquisimeto, Venezuela, 2011

www.paradacreativa.com